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Tengo la suerte de trabajar en una organización que intenta contribuir a hacer un mundo más justo. En VOCES no ponemos vacunas ni mandamos mantas a los damnificados, no construimos hospitales ni repartimos medicinas… O por lo menos, no las convencionales… Este trabajo ya lo hacen otras personas. Nuestra medicina es de otro tipo.

Acabo de llegar de Haití y el contraste con la realidad de aquí provoca en mí un tsunami de emociones que me encoge el corazón. Ando con la mirada perdida y repaso mentalmente, como en fotogramas de cine, las imágenes del país que acabo de dejar atrás.

De todos mis viajes éste ha sido sin duda el más impactante, no por la falta de recursos materiales, que la hay y es sobrecogedora y brutal, sino porque me llevo la impresión que hay algo más que falta en el pueblo haitiano.

No sabría como describirlo, pero la pobreza allí es casi irreal… A veces uno tiene la sensación de estar en una película, un decorado, una puesta en escena donde las caras de muchos actores reflejan necesidad, desesperanza, soledad… Eso fue lo que vi en la población de los campos de desplazados de Leogane… Pero también vi niños y niñas, que al salir de sus tiendas de campaña y convertidos en improvisados actores, actrices y músicos no paraban de sonreír, de jugar, de darnos lo mejor de sí.

Algunos haitianos tienen la sensación de que ‘se merecen’ lo que les está pasando, por algo que han hecho mal ante un dios… o ante varios. La pobreza, el extremismo religioso, la superstición y el analfabetismo lastran al pueblo haitiano y lo sumen en la indefensión material y espiritual.

Haití necesita agua, alimentos, viviendas, pero sobre todo necesita reconocerse, recuperar su autoestima, sentirse protagonista de su propio desarrollo colectivo y volver a tener esperanza en un futuro mejor, donde los derechos humanos se reconozcan como inviolables para todos… y es en este proceso donde la cultura puede jugar un papel clave.


Los programas basados en la cultura favorecen la recuperación psicoafectiva de los niños y niñas, fomentan la autoestima y la socialización y facilitan la integración en procesos educativos.


Durante la última semana, hemos trabajado con niños y niñas de centros de acogida haitianos desde la cultura. Han hecho un corto, han grabado una canción, pero sobre todo han disfrutado y se han sentido protagonistas de su propia vida. El arte tiene un poder mágico sobre esos niños y niñas que han sufrido primero el azote de la pobreza, luego el trauma de la catástrofe y por último la soledad y el desamparo que provoca en los niños su “institucionalización” en estos centros. Llevados a cabo de forma sistemática, los programas basados en la cultura favorecen la recuperación psicoafectiva de los niños y niñas, fomentan la autoestima y la socialización y facilitan la integración en procesos educativos.

Más allá de las intervenciones con infancia, el mismo efecto terapéutico se puede generar en la sociedad haitiana si se apoya la rica cultura de este pueblo.


La cultura puede conseguir que la sociedad haitiana recupere su sentido de pertenencia colectiva, su autoestima, su orgullo.


La situación actual de Haití propicia la radicalización de mensajes religiosos de iglesias extremistas y las supersticiones… Este proceso no es en absoluto casual. A través de ‘la palabra de dios’ se puede crear comunidad y el sentido de pertenencia alivia la soledad y la necesidad de los que tanto han sufrido. El problema es que los mensajes que se ofrecen desde estas iglesias no siempre son las mejores soluciones para el desarrollo de los pueblos, para su plena realización basada en los derechos humanos.

La promoción de la cultura puede ser la alternativa a esta religión manipuladora y a la superstición. La cultura puede conseguir que la sociedad haitiana recupere su sentido de pertenencia colectiva, su autoestima, su orgullo. La cultura puede facilitar la articulación de procesos creativos, participativos y críticos que contribuyan a la cohesión y al cambio social, al fortalecimiento de un verdadero estado de derecho, al desarrollo humano.

Haití necesita de nuestra solidaridad, pero además de comida y medicinas necesita alimentar su alma a través de la fuerza transformadora de la cultura.

Además la cultura permite a los pueblos expresarse en libertad, ser protagonistas de sus propias vidas y, en definitiva, colocar al ser humano en el centro de su destino, sin sentido de culpabilidad, recuperando la esperanza en el futuro. Haití necesita de nuestra solidaridad, pero además de comida y medicinas necesita alimentar su alma a través de la fuerza transformadora de la cultura.